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Santiago necesita carnaval

Erase una vez una ciudad que tenía las Fiestas de la Primavera. Se celebraban en octubre y eran lo más parecido a un carnaval que ha tenido Santiago. Según el periodista Hernán Millas, duraron hasta 1968, cuando dejaron de existir producto de los desmanes producidos. No era primera vez que le mostraban tarjeta roja a la celebración ciudadana. Ya lo había hecho en 1816 el último gobernador realista, Casimiro Marcó del Pont, quien prohibió los carnavales a través de la siguiente orden: “Teniendo acreditada por la experiencia, las fatales y frecuentes desgracias que resultan de los graves abusos que se ejecutan en las calles y plazas de esta Capital en los días de Carnestolendas principalmente por las gentes que se apandillan a sostener entre sí los risibles juegos y vulgaridades de arrojarse agua unas a otras; y debiendo tomar la más seria y eficaz providencia que estirpe de raíz tan fea, perniciosa y ridícula costumbre; por tanto ordeno y mando que ninguna persona estante, habitante o transeúnte de cualquier calidad, clase o condición que sea, pueda jugar los recordados juegos u otros, como máscaras, disfraces, corredurías a caballo, juntas o bailes, que provoquen reunión de gentes o causen bullicio”.

Dos décadas después, Andrés Bello, primer Rector de la Universidad de Chile y redactor de nuestro Código Civil, reclamaba contra la existencia de la chingana, ese monumento al festejo que antecedió a la fonda. “¿Se ha prostituido a tal extremo el gusto de la juventud, el de las señoras y el de los hombres en general, que no asistan al teatro para buscar su diversión en esos lugares destinados a la desenvoltura de las maneras soeces de la plebe?”, escribía en “El Araucano”. En 1872, el primer Intendente de Santiago, Benjamín Vicuña Mackenna, cedió ante las quejas de la alta sociedad y, para regular la chingana, instaló la “Fonda Popular” en la esquina de las calles Arturo Prat y Avenida Matta, mientras clausuraba decenas de lugares de fiesta. Sumemos otro extraño factor: festivales tenemos de sobra en Santiago y en Chile.

Pero el carnaval, la celebración más cercana al desenfreno, brilla por su ausencia. “En el carnaval somos todos iguales y la sociedad chilena no quiere que seamos todos iguales. El festival te permite ordenar esta cuestión, porque tienes control con galería, platea, etc. Hay una idea de mantener esta segregación social”, explica el musicólogo Juan Pablo González. Y agrega que “esta necesidad de control, por otro lado, también tiene una explicación. Somos desatados para celebrar. Acá no hay automoderación. Tenemos propensión a beber en exceso y a dejar la embarrada. O sea, que lleguen los pacos es lo mejor que le puede pasar a una fiesta. La cumbia que dice “Está la escoba, está la escoba” es bastante decidora en este sentido”, reflexiona en el sitio Ojoentinta. ¿No será al revés, es decir, que tanta castración histórica nos ha hecho verdaderos principiantes cuando se trata de festejar? Necesitamos carnaval porque, como explica el periodista Darío Oses, “es una especie de regreso transitorio a la edad de oro, al paraíso perdido, a la abundancia del alimento y la bebida, a la liberación de las obligaciones y el trabajo, a la igualdad entre los hombres.

En la fiesta carnavalesca todas las jerarquías son derogadas, y se hacen parodias y burlas de las altas dignidades y de los personajes pomposos”. Por eso, se agradece lo que sucederá mañana domingo en la Alameda, desde la una da la tarde. “Santiago es carnaval” se llama la fiesta ciudadana en la que desfilarán las 52 comunas de la Región Metropolitana, cada una con su carro alegórico, para de esa manera proyectar la identidad de cada zona de la capital. Un evento que implica que un tramo de la principal calle de Santiago será exclusivamente peatonal. Un encuentro gratuito que tendrá música en vivo. Una fiesta que, si se repite año a año, tal vez nos permita recuperar ese espacio de sublimación y encuentro, de calle y libertad, de festejo e igualdad, que tanta falta nos hace.