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Carlos Martner, un gigante

“La sumisión del chileno frente a su abrumadora naturaleza, la que lo sobrecoge e inmoviliza -los mapuche mismos contaban con un mito de la cordillera como serpiente monstruosa- se ha traducido en una adaptación muy lenta. La etapa siguiente, su uso creativo, es prácticamente contemporánea y es por eso que un coetáneo, como Carlos Martner, pueda figurar como un pionero”. Las palabras son de Miguel Laborde y Humberto Eliash, destacado cronista y arquitecto respectivamente, que hace quince años escribieron “Carlos Martner: arquitectura y paisaje”, un merecido homenaje a este arquitecto que a sus casi 92 años no piensa parar de trabajar y producir. Hablamos, entre otras cosas, de uno de los tres hombres más importantes en la historia del Parque Metropolitano de Santiago. El primero fue Alberto Mackenna, quien en 1916 inició una campaña para la creación de un parque alrededor del Cerro San Cristóbal. El segundo fue Luciano Kulczewski, responsable de la Estación Pio Nono del funicular así como de varias obras esenciales durante la primera mitad del siglo XX que ya no existen (Casino Cumbre, Roof Garden, Casa de las Arañas). Y el tercero es el protagonista de esta columna, don Carlos Martner, autor de la Piscina Tupahue (1966), de la piscina Antilén (1976), de la Casa de la Cultura Anahuac (1966), de la Hostería La Pirámide (1968) que más tarde se quemó, del Anfiteatro Pablo Neruda junto a Humberto Eliash (2016), así como del Mirador Cerro el Plomo junto a Eliash, Sebastián Lambiasi y Tomás Westenenk (2017). “Su obra se inscribe dentro de una cultura de reencantamiento del territorio, luego de varios siglos bastante indiferentes a su poética. Hay que retroceder hasta los momentos de auge de la etnia mapuche para encontrar una similar voluntad de tocar, sentir, valorar y, finalmente, reconocer sus elementos, en especial el agua y la piedra”, explican Laborde y Eliash para ayudarnos a comprender la importancia de este genio de la arquitectura del paisaje. Como si no bastara con el aporte monumental de don Carlos, su hermana, María Martner (1921-2010), también dedicó su carrera artística al trabajo con la piedra y, juntos, lograron obras de increíble belleza. Una de ellas es el Parque Monumental Bernardo O´Higgins en Chillán Viejo, diseñado por Carlos Martner y realizado por ambos entre 1971 y 1973. Un muro de 60 metros de largo tiene en el centro un trabajo en piedra de María que representa distintas etapas de la vida de O´Higgins, las que “dibujó” con granito gris claro, piedra pizarra gris oscuro, caliza amarilla, lapízlázuli, cuarzo blanco, jaspe rojo y escoria negra. Una obra de arte que es Monumento Histórico desde 2015. No es la única colaboración. En la Piscina Tupahue, quizás la obra más famosa de Carlos, María Martner llevó a cabo un mural de piedra diseñado por Juan O´Gorman, uno de los muralistas y arquitectos más importantes en la historia de México. Hay más aún. Grandes amigos de Pablo Neruda, cada uno de los hermanos contribuyó para hermosear la casa santiaguina del poeta. Carlos hizo en 1958 el diseño del Estudio (escritorio y biblioteca) de La Chascona, este hito del barrio Bellavista que hoy es una gran atracción turística. En esa misma residencia, María hizo otro de sus famosos murales en piedra, uno que se llama “Los peces del frío”. Dice el texto introductorio de libro que rinde tributo a Carlos Martner, algo notable. “La piedra empedró, desde el Santa Lucía, el Blanco, el San Cristóbal, pero no fue monumento. Anduvo por los suelos. Llegó a discutirse, a la hora de construir el Puente de Calicanto, que casi fue de roja piedra caliza de Pelequén, pero también perdió esa batalla y se hizo en albañilería de ladrillo”. Apenas hubo piedra en el siglo 19. Poco cambió en la primera mitad del siglo 20. Hasta que Carlos Martner hizo de ella el centro de su vida. Hoy su rastro está también en el Parque Violeta Parra de Lo Espejo (1994), en el Parque Mapocho Poniente de Cerro Navia (1995), en el Mirador del Embalse Santa Juana de Vallenar (1995) y en el Embalse Puclaro del Valle del Elqui (2000). Tuvieron que pasar siglos para que, por fin, un chileno entendiera lo que era, en esencia, nuestro país: roca, cordillera, geografía, paisaje. Ahí está nuestra identidad. Gracias, ¡Maestro!